Tan listo que parece tonto

En cierta ocasión, conversábamos con un padre cuyo hijo de 14 años gastaba sus ahorros en comprar libros complicados de teorías relacionadas con fenómenos físicos. Aquel alumno maravilloso, cuyas notas eran un auténtico desastre, sentía fascinación por los agujeros negros, la formación de las galaxias y la velocidad a la que viajaba la luz. Constatar el hecho increíble de que una estrella que ya estaba muerta pudiese verse como si estuviese al alcance de la mano o encontrar respuestas a las miles de preguntas que suponen el hecho mismo de la existencia… eso, y solo eso, era lo que este chico brillante buscaba en aquellos libros incomprensibles para su progenitor.

Al preguntarle al hombre más detalles sobre el chico, nos manifestó su enfado y desconcierto: ¿para qué quería unos libros que no podía entender en lugar de usar todo ese tiempo para terminar los deberes que le ponían cada día, aprender de memoria contenidos que llevaba viendo desde primaria, escribir y ordenar los cuadernos con caligrafía casi gótica y, en conclusión, para estar en orden con el sistema y evitar las miles de notas que los profesores escribían cada día quejándose de que no cumplía con sus expectativas?

“¿Y dónde queda tu hijo?”, le preguntamos. Pero la respuesta ya la sabíamos: aburrido, desmotivado, fracasando en un sistema educativo que no es apto para entender su forma de aprender ni es capaz de hacer brillar el talento si no es el de un alumno que muestra en un papel -llamado examen escrito y memorizado- muchas calificaciones “sobresalientes”.

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